The Cousins and the Magic Fish/Los Primos y el Pez Mágic

Los Primos coverPURCHASE: The Cousins and the Magic Fish / Los primos y el pez mágico Bilingual Spanish-English Paperback from Amazon.com.

Cousins Diego and Sofia go on magical adventures with their Grandpa Roberto. This time they catch a talking fish, which grants them a wish after they let it go. In the end, the cousins and their grandfather choose the wisest wish.

The Cousins and the Magic Fish/Los Primos y el Pez Mágico is the first in a bilingual series for young readers. I am the series’ author. Teresa Dovalpage, an author and professor, retells the story in Spanish. My son, Ezra Livingston, created the illustrations.

Here is how it starts:

After School

Diego and Sofia stepped from the school bus. They looked up and down the road.

“Do you see him?” Diego asked.

“Grandpa Roberto? Not yet,” Sofia said.

Diego and Sofia walked along the edge of the road. Both had dark hair and round faces. People thought they were brother and sister. But they were cousins.

The cousins lived next to each other. Diego, who was eight, lived with Grandpa Roberto and Grandma Angela since he was a baby. Sofia was seven. Her parents, Alberto and Maria, owned a taqueria named El Burrito Feliz. They worked long hours making good food like burritos, tacos, enchiladas…

The cousins waved to their friends when the bus drove away.

Sofia giggled.

“I see Grandpa Roberto. He is trying to fool us. He is hiding behind that tall tree.”

“Grandpa likes to play games,” Diego said.

“What do you think we’re doing today?” she asked.

“Grandpa said last night it was a surprise.”

“I like surprises.”

“Me, too.”

The cousins walked faster.

Grandpa Roberto leaned on his cane. He was a short, thin man with silver hair. He wore glasses to see far away.

Their grandfather used to build houses until he got hurt. But he is not a lazy man. He has a garden where he grows vegetables and fruit. He raises goats for their milk and chickens for their eggs. He builds furniture in his workshop.

Grandpa Roberto also watches Diego and Sofia when they are home from school. Grandmother Angela is too busy. She cleans rooms at a hotel.
Grandpa Roberto tipped his straw hat.

“Hello, children. How was school? What did you learn today?”

Diego and Sofia smiled. Grandpa Roberto asked the same questions every day.

“I read two pages in English for the class,” Sofia said.

Grandpa Roberto nodded.

“Good. Your Spanish is perfect. But I want you to speak and read in English as well.”

“My parents say the same thing,” Sophia said.

Grandpa leaned on his cane.

“And you, Diego?”

The boy frowned.

“I learned I am not very good at math. I got a D on my test.”

“You can do better,” Grandpa Roberto said.

“Math is hard for me.”

“You must work harder. I will help you.” Grandpa Roberto winked. “So, are you ready for an adventure?”

“An adventure? Where are we going?” Diego asked.

“What are we doing?” Sofia asked.

“Are we riding the neighbor’s horses?”

“Will we hunt for beautiful rocks again?”

Diego moaned.

“We are not weeding the garden again, are we?”

Grandpa Roberto chuckled.

“You will find out soon. Go put your backpacks away and meet me at my workshop.”

 

Después de las clases

Diego y Sofía se bajaron del autobús escolar. Miraron a todos los lados de la carretera.

—¿Lo ves? —preguntó Diego.

—¿A Abuelo Roberto? Todavía no —contestó Sofía.

Diego y Sofía caminaron por el borde de la carretera. Los dos tenían el pelo oscuro y la cara redonda. La gente pensaba que eran hermano y hermana. Pero eran primos.
Los primos vivían muy cerquita. Diego, que tenía ocho años, vivía con Abuelo Roberto y Abuela Ángela desde que era un bebé. Sofía tenía siete años. Sus padres, Alberto y María, eran los dueños de una taquería que se llamaba El Burrito Feliz. Trabajaban durante largas horas preparando comidas sabrosas como burritos, tacos, enchiladas…
Los primos les dijeron adiós a sus amigos cuando el autobús se alejó.

Sofía se echó a reír.

—Ya veo a Abuelo Roberto. Está tratando de engañarnos. Se ha escondido detrás del árbol alto.

—A Abuelo le gusta jugar —dijo Diego.

—¿Qué crees que vamos a hacer hoy? —le preguntó Sofía.

—Abuelo dijo anoche que sería una sorpresa.

—A mí me gustan las sorpresas.

—A mí también.

Los primos apuraron el paso.

Abuelo Roberto se apoyaba en su bastón. Era un señor de baja estatura, delgado, con el pelo plateado. Llevaba gafas para ver de lejos.

El abuelo trabajaba construyendo casas hasta que se lesionó. Pero no es nada perezoso. Tiene un jardín donde cultiva frutas y vegetales. Cría cabras para tener leche y pollos para tener huevos. Y construye muebles en su taller.

Abuelo Roberto también cuida a Diego y a Sofía cuando regresan de la escuela. Abuela Ángela está muy ocupada. Ella limpia las recámaras de un hotel.

Abuelo Roberto se llevó una mano a su sombrero de pajilla.

—Hola, niños. ¿Cómo les fue en la escuela? ¿Qué aprendieron hoy?

Diego y Sofía sonrieron. Abuelo Roberto les hacía las mismas preguntas todos los días.

—Yo leí dos páginas en inglés para la clase —dijo Sofía.

Abuelo Roberto asintió.

—Bien. Tu español es perfecto. Pero quiero que hables y que leas en inglés también.

—Eso dicen mis padres —dijo Sofía.

El abuelo se apoyó en su bastón.

—¿Y tú, Diego?

El chico frunció el ceño.

—Aprendí que no soy muy bueno en matemáticas. Saqué una D en el examen.

—Puedes salir mejor —dijo Abuelo Roberto.

—Las matemáticas me resultan difíciles.

—Tienes que trabajar más duro. Te ayudaré —Abuelo Roberto le guiñó un ojo—. Bueno, ¿están listos para una aventura?

—¿Una aventura? ¿A dónde vamos? —preguntó Diego.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Sofía.

—¿Vamos a montar los caballos del vecino?

—¿Vamos a buscar piedrecitas lindas de nuevo?

Diego gimió.

—No vamos a desyerbar el jardín otra vez, ¿eh?

Abuelo Roberto se rió.

—Lo averiguarán pronto. Vayan a ponerse sus mochilas y nos vemos en mi taller.